LA TRANSICIÓN: OTRA FORMA DE HACER POLÍTICA.
Cuando, desde la perspectiva política e institucional, intentamos analizar en profundidad lo que está sucediendo en España, más o menos desde el año 2015, con la aparición de los dos populismos extremos y la consiguiente desaparición de los partidos llamados de centro -hoy reducidos al ámbito local- algunos no tenemos más remedio que retrotraernos hasta el comienzo de una aventura política personal que en mi caso está a punto de cumplir los 50 años. Y, aunque les voy a ahorrar la relación pormenorizada de los lugares por donde transcurrieron mis andanzas políticas, no me resisto a reconocer que han sido muchos y variados y que, si aceptan la broma, no habrá en el mundo político aragonés un caso de resistencia o flotabilidad política tan tozudo como el mío. A pesar de lo cual, creo sinceramente que he salido medio vivo de tan prolongado empeño.
Mi experiencia personal es la mejor aportación que puedo hacer con el ánimo de encontrar una solución para la oficial España política que, en mi opinión, ha perdido el norte y los otros tres puntos cardinales. Y todo por empeñarse en liquidar, por acción u omisión, los principios políticos que hicieron posible la Transición y acabaron con los enfrentamientos entre las dos Españas; al menos desde el año 1800, fecha que suele aceptarse como comienzo del periodo en el que España “quedó profunda e irrevocablemente dividida en dos” (absolutistas y liberales, moderados y progresistas, monárquicos y republicanos, etc.). Esta histórica y estéril confrontación de más de 170 años, en un país abandonado y “sin una identidad nacional homogénea” ¿explicaría, por curiosidad, porque España solo tiene 8 Premios Nobel y Francia 70? Una España dividida en dos mitades irreconciliables, representada por nuestro genial Goya en “Duelo a Garrotazos”, es imposible que pudiera conservar el vigor y la ambición que se le suponía desde los tiempos “imperiales”, desde el descubrimiento de un mundo nuevo, con los matices que los historiadores quieran aportar. Y así, tras más de 170 años de guerras civiles, dictaduras, pronunciamientos militares, famosos generales con calles en Madrid, repúblicas fracasadas (de hecho, por su propia incapacidad), asonadas, revoluciones, cinco presidentes de gobierno asesinados, corrupción política y de la otra, terrorismo, etc. llegamos en 1975 a la muerte de Franco-en una cama de la Seguridad Social- y después de años sin apenas oposición en España. (Al menos desde el Plan de Estabilización de 1959). La oposición a un franquismo hoy inexistente se queda para los que, mediante una ley de la Memoria Democrática de ficción, intentan mejorar sus historias personales, pasados 50 años desde la muerte del dictador y 85 desde la guerra civil. Desconozco, aunque lo imagino, con que intención.
En política, al menos para algunos, siempre resulta más conveniente y rentable tener más enemigos a quienes echar la culpa y menos amigos para llegar a acuerdos. Así nos va. Aunque resulte chocante y chusco reconocer que fue el franquismo, representado por más de 400 procuradores y con el impulso decisivo del Rey Juan Carlos, designado por Franco, quien en 1976 aprobó la ley para la Reforma Política, ratificada después por el pueblo español en referéndum, y que hizo posible la convocatoria de las primeras elecciones democráticas desde el año 1936. Gracias a la ilusión de un pueblo, muy bien representado por su clase política, que no quería repetir la historia. Ni entonces ni, espero, ahora. La verdad tiene estas cosas.
Así llegamos al 15 J de 1977 que iba a ser el comienzo de una de las etapas más fructíferas de la historia de España: La Transición; tratando de superar el recuerdo, las causas y las consecuencias de la peor guerra civil que ha sufrido nuestro país y que tan acertadamente resumió el escritor y periodista Chaves Nogales en 1937 en su libro “A sangre y fuego”: “El futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras”. ¿Qué fue del otro? ¿Ha revivido ahora? “Aquí yace media España. Murió de la otra media”, escribía Larra cien años antes, en 1836. Quédense con esta idea antes de que les obliguen a apuntarse a uno u otro bando, si no lo han hecho ya.
La Constitución del 78, llamada entonces de la Concordia, fue elaborada y aprobada en poco más de un año, porque quienes la hicieron posible conocían la verdadera historia; porque tuvieron en cuenta muchos ideales casi olvidados durante más de siglo y medio- más o menos desde las Cortes de Cádiz de 1812- y porque la mayoría de los partidos políticos de entonces no pretendían, como opción primera, ser un fin en si mismos, sino un medio para lograr los resultados que los españoles anhelaban. (La posterior desaparición de UCD en 1982 es la prueba que demuestra lo dicho). No hacer de la política una cuestión personal (lo contrario es el cáncer de la política) y reconocer que la política debería ser el arte de llegar a acuerdos, son dos de los principios que siempre he considerado fundamentales para entender el quehacer político. Cuando esas dos ideas desaparecen, nos encontramos, de hecho, ante un callejón sin salida, en una España oficial atascada, enfrentada y resquebrajada que corre el riesgo de caer sobre los españoles como una cúpula rota. (Basta ver las respuestas de algunos/as a la condena del Fiscal General del Estado, para estremecerse). Ante esta situación, solo unos ciudadanos bien informados y libres de etiquetas para su mero consumo, pueden sacarnos del atolladero, siempre que se les dé la oportunidad de hacerlo y que comprobaremos llegado su momento. Desgraciadamente, los constituyentes del 78 nunca pudieron imaginar que la clase política iba a llegar a los niveles de “falta de conocimiento” que hoy padecemos- la peor que pudo caernos en suerte- y por tanto no
previeron ningún mecanismo de corrección para cierto estado de cosas o situaciones complejas irreversibles. Si lo hubieran sabido o adivinado, es seguro que habrían propuesto una ley electoral distinta a la vigente y, además, ojalá se hubieran atrevido a dotar al jefe del Estado de ciertas atribuciones ante situaciones excepcionales. Un Rey que, además de hablar como lo hizo con motivo del intento de sedición de Cataluña, pueda, en tiempos de tribulación, garantizar el funcionamiento equilibrado y ordenado del Estado social y democrático de Derecho. Al menos, hasta que los ciudadanos puedan manifestar su voluntad en las urnas.
Como podemos ver todos los días, en los medios de comunicación aparecen sesudos constitucionalistas, “analistas” políticos, periodistas preocupados, opinantes en definitiva que nos relatan todo lo que no debería suceder y, sin embargo, sucede. El Parlamento no funciona como corresponde; los presupuestos no se presentan; el Tribunal Constitucional es sectario y no es garantía de nada; se gobierna abusando, cuando podían, de los decretos-leyes; se incumple o tergiversa la Constitución-rozando lo grotesco- y no pasa nada; el poder judicial es zarandeado; rozamos el esperpento de 23 Ministerios con más de la mitad de las competencias transferidas a las Comunidades Autónomas, etc. Añadan ustedes lo que les pida el cuerpo, por ejemplo, la corrupción (bastante macarra, por cierto) – aunque me temo que mueve menos votos que la confrontación- y comprobarán que la situación es más grave de lo que algunos suponen. Teniendo en cuenta, además, que no se adivina una solución eficaz a corto plazo y, por tanto, desconocemos hasta donde podremos llegar por este camino. Lo dejo a su imaginación. Porque, tanto si ganan los unos o los otros, nos podemos encontrar en una encrucijada. Unos porque, si tienen la oportunidad, se pasarán de frenada- ¿antes de las elecciones? – y otros porque tendrán difícil, en un ambiente tan crispado, poder arrancar con normalidad. No olvide el lector que las izquierdas, en su situación actual, necesitan el poder de la política para subsistir y harán cuanto esté en su mano para impedir que gobierne la derecha. En el envite, muchos se juegan la vida. No obstante, espero que los ciudadanos/as tengan la ocasión de respaldar a quienes den señales claras de buscar el consenso para salir del apuro. Aunque sea en cómodos plazos. ¿Incluso repitiendo elecciones hasta que acierten?
Para encontrar la salida, es necesario comenzar por conocer la historia, tal y como la explicaba Cervantes: “La historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera; pero, no obstante, hay algunos que así componen y arrojan libros, como si fuesen buñuelos”. Y así nos va, con algunos que intentan volver a empezar para ganar una guerra con efectos retroactivos y con una finalidad muy concreta que desconocemos, pero que algunos podemos intuir. Y es precisamente ese empecinamiento en retorcer la historia, creando enemigos donde no los hay, lo que nos devuelve a los tiempos anteriores a la Transición, esta vez con un propósito muy distinto. Mal asunto cuando la política, repito, se convierte en una simple cuestión personal; cada uno desde su respectiva trinchera, separados por un muro infranqueable y disparando a discreción, caiga quien caiga. Los espectáculos circenses en el Parlamento y en bastantes medios de comunicación, dan grima.
Por eso, entender la política como el arte de llegar a acuerdos es también asunto peliagudo.
Lo primero que deberíamos considerar es que no se debe gobernar solo para la mitad de España y, al mismo tiempo, en contra de la otra mitad. Es una especie de juego diabólico alternativo donde uno destruye lo que ha construido el otro. Hacerlo así, apoyada cada parte en cualquiera de los dos extremos, nos devuelve a la casilla de salida, a pesar de que siempre existe un factor común o línea fronteriza entre las derechas y las izquierdas moderadas, que debería servir para garantizar, a base de acuerdos, el funcionamiento de un Estado más justo, más eficiente y de más amplia base social. Yo he conocido en Aragón y participado, de una u otra forma, en cuatro gobiernos con la izquierda y cuatro con la derecha. En esos tiempos, el que era mi partido, “el clavillo del abanico”, hacía las funciones de centro, entendido como lugar de encuentro. Es un buen ejemplo de como se puede garantizar la alternancia en el poder, entre las aguas más tranquilas de la política y en provecho de todos. En Aragón, tierra de pactos, sí se han hecho las cosas razonablemente bien. Sigamos así.
Desaparecido el centro político en España, los partidos fronterizos de la derecha y de la izquierda deberían ser capaces de ponerse de acuerdo para resolver todas las cuestiones que los españoles/as consideran de importancia capital para sus vidas y reformar aquellos aspectos de nuestras leyes que garanticen, en la medida de lo posible, una cierta estabilidad política e institucional para los próximos 50 años. Para lograrlo, bastaría con apartar del poder a los extremos de ambos lados, a los que no aceptan la Constitución del 78, bien porque quieren romper la unidad del Estado y conducirnos a una república confederal o alternativa equivalente o bien porque, entre otras cosas, no aceptan el Estado de las Autonomías establecido por la Constitución, uno de los mayores avances que ha tenido España y que ha garantizado, por ejemplo, la existencia de Aragón como entidad política, dentro de la unidad de España. Pactar una nueva ley electoral para que el pueblo soberano tenga una mejor oportunidad de colocar a cada uno en su sitio y algunas reformas de la Constitución del 78, serían un buen comienzo, si se dieran las condiciones personales necesarias para lograrlo. En ese caso, solo las jubilaciones anticipadas de algunos nos facilitarían la solución. Esperemos que, algún día, “se nos aparezca la Virgen” en forma de líder sensato, porque no crean que Europa nos sacará del apuro. Bastante tiene con arreglar sus problemas. La misma Europa que, por ejemplo, ha protegido a Puigdemont, prófugo de la justicia española, durante años.
Aunque reconozco que en ocasiones rozo la ingenuidad política- lo que no deja de ser una forma de no perder la esperanza- no puedo dejar de pensar en lo que podría ser este país con una columna vertebral basada en la suma de más de 250 diputados en el Congreso, situados desde el centro hacia cada uno de los lados, sin llegar a los extremos. Pues bien, así sucedieron las cosas en los tiempos de la Transición. Entre los dos grandes partidos de entonces, con las adhesiones de otros que demostraron un gran sentido del Estado, se pactó lo más importante- la Constitución, los Pactos de la Moncloa, la amnistía, etc.- y se respetó la alternancia en el poder a tenor de los resultados electorales, cuando le tocaba a cada parte. A nadie se le ocurrió formar gobierno con quien no debía. Cualesquiera otra “legitimidad” cuyo resultado fuera la vuelta a las dos Españas, debería requerir del respaldo expreso de los ciudadanos, y no creo que, a la mayoría de los votantes, por ejemplo, del PSOE, al menos el de antes, o del PP, les guste pactar gobiernos con sus respectivos extremos, sin haber sido previamente consultados. Esos acuerdos extraños al centro y a la moderación, deberían ser desechados, salvo que sigamos empecinados en convertir a este país, de nuevo, en una especie de patio de Monipodio, de Rinconete y Cortadillo. Arduo trabajo nos espera si antes no somos capaces de hacer comprender a muchos ciudadanos, sobre todo a los jóvenes, la transcendencia de lo que supuso la Transición para este país. A la vista de algunas encuestas, ha llegado el momento de que algunos cambien de opinión, porque, como decía Churchill, “el que no cambia de opinión nunca cambia nada”.
Todo lo dicho nos obliga, no a generar nuevas ideas-están todas inventadas- sino a ver las cosas desde otras perspectivas diferentes a las que hemos tenido en cuenta hasta ahora. No se puede ver España o Aragón, solo desde la derecha o desde la izquierda, desde la confrontación. Es necesario, por ejemplo, verla desde arriba y desde abajo. Como la vieron los constituyentes del 78. Por estas razones, NUEVAS PERSPECTIVAS son la clave del tiempo y del espacio que tenemos por delante.
“Lo que trae la confusión al mundo es la desproporción entre la rapidez del espíritu y la terrible pesadez, la lentitud, la resistencia y la inercia de la materia”. Demos, pues, tiempo al tiempo: paciencia y a trabajar. Todavía no estamos a las puertas del Infierno de Dante.
JOSÉ ANGEL BIEL RIVERA
Diputado Constituyente
